25 enero, 2010

Gourmet


Acaricias mi pelo mientras aspiras profundamente el aroma que desprendo. Te impregnas de mí con los ojos cerrados al tiempo que rozas suavemente tu nariz con mi cuello.

Me inclinas, me besas en el escote, y la punta de tu lengua comienza un recorrido sinuoso y certero. Embadurnas de saliva mis pechos, mordisqueas y chupas mis pezones casi atragantándote con ellos. Rebañas mis tetas como si no quisieras terminar jamás.

Al fin terminas el primer plato y bajas dejando huella por toda mi piel hasta llegar al plato fuerte.

Separas con cuidado mis labios, y fijas la vista en el suculento manjar. La saliva bajando por tu garganta rompe el silencio y tu cabeza desaparece una vez más para saborear lo que mi coño te ofrece.

Tus labios absorben los míos inundándose de ese sabor suave y especiado. Experto, lames y lames provocando espasmos y arrancando sabores distintos. Deslizas tu lengua cada vez más hondo, más denso, más rápido, buscando ese resabio final donde degustarás lo más intenso que has probado.

Estoy a punto de caramelo, y sigues paladeando golosamente mi coño, que montas una y otra vez a punto de nieve. Hasta que consigues tu degustación y una cascada de líquidos aromas, empaques y sabores anegan tu boca.

-Superb. Me dices.
- ¿ Y el postre, amor, todo catador preciado debe ultimar el menú? Contesto yo.

-Cariño, hoy el postre lo catas tú.

E hincándome tu polla hasta el fondo de mis ganas gritas: ¡¡ Bon Apetit!!!

19 enero, 2010

Humedad Ambiental


Llegué del trabajo empapada, caían chuzos de punta y como siempre me había olvidado el paraguas.

Despeinada y con el pelo mojado en cascada revuelta sobre mis hombros, me dejé caer sobre el sofá.

Desabroché uno a uno los botones de mi blusa, que presa de del chaparrón se adhería a mí como una segunda suave y fría piel.

Debajo, mis pezones respondían al tacto sencillo pero sublime del algodón empapado. A cada botón abierto, más duros se ponían.

La blusa cayó al suelo, y yo que buscaba secarme para no caer enferma, me encontré atrapada en una humedad infinita.

Así que puesta a quitarme ropa empapada, mi tanga siguió a la blusa de una manera tan violenta que fuí aprisionada por un calor interno infinito.

Cansada, semidesnuda, pero caliente como un animal en celo, así me encontraste cuando llegaste a casa.

Me miraste con cara ingenuamente sorprendida, yo no dije nada. Sólo subí mis piernas a la altura de mis caderas, y tú y tu espontánea y enorme erección vinisteis a mí.

Te arrodillaste y comprendiste el sorprendente paisaje que te recibió al entrar. Observaste sin prisa ese coño abierto, húmedo, babeante, repleto de flujo cálido, sensual y apetitoso.

Viste esa piel prieta, rasurada y anhelante y no pudiste resistirte.

Yo no veía bien desde mi posición, pero sentí enseguida un espasmo enorme, acompañado de un calor inmenso. Y es que la punta de tu lengua húmeda y carnosa, lamiendo por primera vez ese punto certero de mí, me derritió totalmente anegando y encharcando todavía más mi cuerpo y tu cara.

Silencio sobre silencio, uñas que se clavan al respaldo de mi asiento, tú tocando mis muslos en ávida exploración de mi ser, y esa lengua, esa lengua invasora, que me eleva y me deja caer en unos círculos viciosos de placer extremo.

Tú hambriento, yo mojada, me comes, me devoras el coño y yo me deshidrato en cada lametazo que recibo.

No puedo más, lo haces bien, demasiado bien, tan bien que me dejaría comer por ti una y mil veces todos los días.

Eres un gourmet excelente, me catas como nadie, engulles mi coño a placer, con descaro y con gusto. Porque a mí me encanta que me comas el coño, que chupes mi clítoris, que lamas mis labios, pero es mejor aún, porque a ti te gusta todavía más comérmelo, llenarte de mí, rebañarme como un manjar exquisito en un plato interminable.

Y ya no puedo más, y lo sabes. Y das el último bocado mortal y certero. Metes tu soberbia lengua en mi coño, entera, tan a fondo que tu nariz queda pegada a mi clítoris presionándolo increíblemente y tus dedos, hasta ahora muertos, pasan a ser introducidos en mi culo por sorpresa y sin miramientos.

Me corro, me corro a borbotones, salgo de mi cuerpo y entro a mil pulsaciones por segundo. Yo y mi sexo vibramos en tu cara.

Extenuada bajo la cabeza y te miro agradecida.

Tú me miras sonriente y me preguntas: ¿Qué, parece que llueve, no?

18 enero, 2010

Cinco




Soy un espíritu libre, así me gusta definirme.
Nadie me dice lo que tengo que hacer, nadie se atreve a llevarme la contraria, y el que lo hace, se puede llevar un buen golpe en toda la boca, por tenerla demasiado grande.
Soy el amo, soy el centro de atención en las reuniones de amigos, soy el gracioso, el que cuenta los mejores chistes, el que se lleva a las tías más buenas.
Soy lo que ellas dicen: "un auténtico cabronazo".
¿Y?. ¿Algún problema?

No me dan ninguna pena. Disfruto cuándo se ponen a lloriquear porque
no quiero volver a verlas. Me gusta disponer de ellas, usarlas un rato,
consumirlas de placer, hacerles creer que hay algo más, que se sientan
confiadas para lograr lo que me interesa. Un buen polvo.

No quiero ataduras, no me hacen falta. Hay muchas mujeres que piensan como yo, pero todavía queda alguna incauta que se cree que me voy a enamorar de ella. Esas son las mejores.
También las hay que van vestidas para matar, enseñan tetas, piernas,
carnaza. Te ponen cachondo, se te infla la polla, y cuándo vas a meterles
mano, te dicen que es muy pronto para follar, que mejor esperamos
a la siguiente cita, que quieren conocerme un poquito más.

A esas, zorras calientabraguetas, a esas las espero. Y cuándo llega el
momento de empalarlas, las ato a la cama y me las follo por el culo.
Gritan, se retuercen, lloran. No esperan que una polla de 22 centímetros las atraviese de tal forma.
Mientras lloran las azoto con toda la fuerza que puedo. Y cuándo termino de correrme, me gusta abofetearles la cara. Les hago arrodillarse ante mi.
Les exijo que me pidan perdón. Y las muy putas lo hacen. Luego se van a sus casas sollozando, con las bragas mal puestas, y los pantalones a medio abrochar.
Dicen que me van a denunciar, pero yo soy más listo que ellas.
No pueden hacerlo porque ya me ocupo yo de no dejar marcas.
Ellas son las culpables.
Me hacen enfurecer, sacan lo peor de mi. Si se hubieran dejado follar desde el primer momento, no las hubiera atado a la cama.

Mi polla es mi universo, mi Dios particular, el centro gravitacional de mi existencia.
La cuido, la mimo, si la tuviera unos centímetros más larga creo que hasta me la chuparía. Alguna vez lo he intentado, pero mi flexibilidad no da para tanto, sólo pude rozar el glande con mi lengua.
Me gusta depilarme, así da la sensación de ser más grande de lo que es.
La cojo con mi mano izquierda y me masturbo a diario, incluso los días que tengo sexo. Soy un esclavo de mi verga.

Ayer mismo, mientras me tomaba unas copas en el pub que hay debajo de mi casa, me camelé a una morena tetona. Era impresionante. Nada más ver como andaba, se me puso dura. Llevaba un pantalón pitillo ceñido, y un top de tirantes ajustado. Las tetas asomaban un poco por el escote. Parecía una mesonera.
Estuve observándola durante un buen rato. Me estaba poniendo enfermo. Hablaba sin parar con una amiga que era más fea que pegar a un padre.
No podía apartar la vista de sus labios, carnosos, húmedos. Esa boca tenía que ser mía, y de mi polla.
Ella se dio cuenta de que la estaba mirando y comenzó el juego femenino de la seducción.
Adelantó sus caderas, se puso más erguida todavía. Uhmmm... adoro los mensajes visuales.

Ya no podía aguantar más.
Me acerqué a la barra, me senté a su lado y le pregunté su nombre. ¿Para que andarme con rodeos?.
La amiga, de inmediato, pasó a un segundo plano. Así son de putas las mujeres.
Cuándo ven a un tío bueno que quiere rollo con ellas, les da igual que su amiga se pudra de asco.

Después de tomarnos varias copas, no se exactamente cuantas, le dije que si quería subir a mi casa.
Sin pensárselo dos veces me dijo que si, que tenia ganas de echar un buen polvo, le dijo algo a su amiga al oído y se levantó de la silla.
¡Será guarra!. Pero así me gustan, que no lo piensen, que sean decididas, que busquen lo mismo que yo.
Allí se quedo la pseudo amiga, sentada en la barra, con cara de idiota. A ver si viene un feo y le da lo que se merece.

Fuimos directamente a mi habitación.
Yo no podía dejar de mirar sus tetas. Tenía los pezones erectos, y en ese momento quise morderlos.
Le bajé el top, hasta que quedó por su cintura, desabroché el sujetador con una mano.
Quedaron libres de su prisión, erguidas para mi, pidiendo ser lamidas una y otra vez.
Todavía siento el sabor de sus pezones en mi boca. Grandes, turgentes, duros.
Ella me sujetaba la cabeza y la apretaba contra su pecho fuertemente, yo me estaba asfixiando, pero seguía comiendo.
Mis manos amenazaron a bajar hacía su pantalón. La desnudé por completo, solamente le dejé las bragas puestas. ¡Era una diosa!.

Extendió sus brazos, en señal de que me acercará a ella.
Mi polla asomaba por el calzoncillo, estaba húmeda, lubricada, lista para poseer a aquella preciosidad.
Mi lengua buscó su lengua, lamí su paladar, me enredé en ella, me tragué su saliva, ella tragó la mía.
Era salvaje, me mordía los labios, los succionaba otras veces. Yo estaba sin control, quería que me comiera la polla, y se lo dije.
Se arrodilló, desabrochó mi pantalón, me lo bajó hasta los tobillos junto con mi slip.
Agarró mi verga con fuerza, y la introdujo en su boca hasta la campanilla. Se notaban sus arcadas, pero la muy zorra quería más.
Le agarre de la cabeza, y no esperé a que ella se moviera, lo hice yo. Moví mi pelvis hacia delante y hacia atrás, ritmicamente, ella solo tenía que tener la boca bien abierta.
Estuve a punto de correrme en su cara, pero aguanté.
Quería empalarla.

Se levantó, me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- No sabes como me gusta tu culo.
- ¿Si, nena? A mi me gusta el tuyo, y quiero probarlo.
- Lo vas a probar, pero primero lo haré yo.

Cuándo desperté, estaba atado al cabecero de la cama, boca abajo y con un dolor en la nariz insoportable.
Un dolor que me subia hasta los ojos y acababa en mis sesos.
Escuchaba voces y risas, pero no podía ver bien, tenía la mente confusa.

Alguien se subió en la cama, me levantó las caderas y aprisionó mis piernas con las suyas. Era fuerte.
Se acercó a mi oído y me dijo.
-Vas a tener lo que más te gusta-
Era la hijaputa morenaza tetona.
-¡Pero que coño es esto!- grité yo.
-Coño no, mi vida, polla.

Me rompió el culo, ni vaselina ni ostias. A palo seco.
Creí que me rompía por dentro. Entró y salió de mi tantas veces que quise morirme en ese instante.
Reía y jadeaba hasta que se corrió dentro de mi.
Se bajó de la cama, se acercó, me dio la vuelta retorciéndome los brazos. Las ataduras me hacían daño.
Yo comencé a sollozar, esto no me podía pasar a mi.

De nuevo alguien se subió encima de mi. Miré de frente, y era su amiga, la fea.
Fue arrastrando sus rodillas por el colchón hasta que su polla estuvo a la altura de mi cabeza.
La morenaza, me incorporó un poco, y su amiga metió su verga en mi boca.
- Mamón, ¡come!.
Comí, mientras cerraba fuertemente los ojos, y las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
Me lo tragué todo, no pude escupir porque la fea apretaba mis mandíbulas, casi ni podía respirar.

Se vistieron, mientras comentaban la jugada. Me insultaban, me escupían a la cara.
No podía creer lo que me estaba ocurriendo.
Yo..., ese no era yo. Era una pesadilla. Tenía que despertar.
¡Venga, despierta!, ¡gilipollas!.
Pero estaba despierto, con dolor de nariz, de cabeza y atado a la cama.
Con el ojete abierto de por vida, y con ganas de llorar.

¡Que putas son todas!




14 enero, 2010

La fiesta







La fiesta era en casa de Esther.

Sus padres se habían ido el fin de semana al pueblo, y disponíamos de la casa para nuestras tontadas.
Yo tenía diecinueve años, mis pintas de moderna, (ahora lo llamarían emo o algo así), ganas de comerme el mundo, y todo el día lo pasaba pensando en los tíos que me gustaban. Porque, claro, a mi no me gustaba uno sólo...
Siempre tenía dos ó tres en mente.

Pero esa tarde...


Esa tarde venia a la súper fiesta el hombre que más me ha gustado nunca. Hoy en día sigo pensando en él. Siempre hay algo que me lo recuerde. Guardo vinilos que me regaló, libros, dedicatorias. Y una canción que me acompañará siempre, y que escucho a diario.

Sergio, ese es su nombre. Alto, de pelo castaño y enormes ojos marrones.
Le conocía de vista porque frecuentábamos los mismos garitos, pero un día me lo encontré en el Metro, ¡y vivía en mi barrio!. Casi me da un jamacuco cuándo se acercó a mi y se presentó. Creo que en ese mismo momento me enamoré para siempre.
Tenía novia, llevaban saliendo cuatro años. Para mi eso era una eternidad y para él por lo visto también. Ya estaba un poco cansado de esa relación, y creo que a ella le pasaba lo mismo.
La cuestión es que nos fuimos haciendo muy amigos. Quedábamos algunas tardes. Era mi hombre.
Compartíamos gustos y aficiones. Sensible, romántico, dulce y a la vez salvaje.

Empecé a notar que sentía algo por mi, pero no me atrevía a preguntarle. Pasábamos ratos hablando y de repente nos quedábamos en silencio, mirándonos a los ojos fijamente. Son esos momentos en los que crees que te vas a fundir en un beso..., pero ese beso no llega nunca.

En casa de Esther ya teníamos todo preparado. Cogimos un barreño, e hicimos una sangría y Laura dijo que la canela era afrodisíaca.
Vale, venga... todas como burras.

Laura volcó el tarro entero de canela sobre la sangría, mientras las demás preparábamos algo de picar. Y comenzamos a beber antes de que vinieran los chicos.

Empezaron a llegar al ratito, y Sergio que no venia.
Yo quería morirme. Pero llegó, el último, pero llegó.

Ya estábamos todos, podía empezar el cachondeo.
Nosotras íbamos ya un poquito perjudicadas, pero sin llegar a estar en coma etílico. Como éramos unas salidillas, organizamos un juego.
El juego era: "¡A ver quién tiene el paquete más grande"!

Las uñas me crecieron de golpe, los dientes se me afilaron y se me pusieron los ojos en llamas.
Todas sentadas en el sofá, apretujadas, y los chicos de pie, frente a nosotras. Fueron desabrochando sus pantalones entre risas y palabras malsonantes, mientras nosotras no podíamos parar de reír ni de mirar con los ojos saltones.

Teníamos ante nosotras a siete hombretones con los pantalones por los tobillos. No puede haber nada más ridículo que alguien de esa guisa, pero ellos también se reían de la situación.
Todos llevaban calzoncillos tipo boxer, pero de algodón (en aquellos años no eran ajustaditos), con dibujitos o rayitas. Todos, menos Sergio, que llevaba un slip blanco.
Tenía que ser mi chico, no podía fallar, ¡pedazo paquetón!

Nos quedamos bizcas de ver aquella grandiosidad. El voto fue unánime. Ganó Sergio.
Seguimos bebiendo sangría, alteradas todas por lo que habíamos visto y presenciado. Creo que si en ese momento nos quitamos las bragas y las tiramos contra la pared, se hubieran quedado pegadas.

La cosa empezó a animarse. Se fueron formando las primeras parejas.
Laura estaba sentada encima de Nico, en una silla. Comiéndose la boca de una manera voraz, y sin pudor ninguno. Laura le metió la mano por la cremallera del pantalón a Nico, le sacó la polla y comenzó a masturbarle.

Esther, estaba en un rincón hablando con Alfonso.
Isabel y Paco, metiéndose mano el uno al otro en el sofá.
César y Marta, se fueron a una habitación.
Alejandro y Maribel en el suelo, fumándose un porro, diciendo tonterías y chismorreando sobre lo que hacían los demás.

Y otros tantos, desperdigados por las diferentes habitaciones de la casa.

En ese momento, y con el vaso de sangría en la mano, me sentí sola.
Sergio se había ido al baño y en vista del panorama, fui a la cocina, rellene mi vaso y me encerré en el otro baño que tenia la casa.
Allí, me miré al espejo. Tenía los ojos rojos, la cara pálida y el rimel que se había corrido por mi párpado inferior me hacía parecer la novia cadáver.
En ese momento de soledad se me saltaron las lágrimas, es lo que tiene el alcohol, que de la risa puedes pasar al llanto en cuestión de segundos. El cerebro está tan confuso, que los sentidos se intensifican, aunque luego no haya una respuesta satisfactoria.

Sentada en el suelo del baño, oía como Sergio preguntaba a los demás por mi, pero claro, nadie se había percatado de mi desaparición.
Yo no podía parar de llorar, y no quería decir que estaba en el baño. Sergio no podía verme así.
Aporreaban la puerta, y yo no decía ni mu. Calladita y sorbiéndome los mocos como una niña de cinco años.
Noté que empezaban a preocuparse por mi, sabían que estaba dentro del baño, y gritaban que abriera.
Sergio dijo que se fueran todos al salón, que le dejaran a él hablar conmigo.
Así que empezó a rogarme que abriera la puerta, que estaba preocupado por si me encontraba mal.
Abrí el grifo del agua fría y me lave la cara. Corrí el pestillo de la puerta y dejé entrar a Sergio.


Entró y volvió a cerrar el pestillo. Estábamos a oscuras, sólo entraba un poco de claridad por la ventana del baño, lo suficiente para poder vernos las caras.
Se sentó encima de la taza del water, me cogio de la mano, y me sentó sobre sus piernas. Me abrazó fuertemente contra él, y comenzó a acariciarme el cabello, mientras su otro brazo me mantenía sujeta por la cintura.
Allí comencé a sollozar otra vez, y el secó mis lagrimas.

- ¿Que te pasa?

- Nada

- Por nada no se llora, cielo

- Ya
- Entonces, dímelo por favor.

- No
(conversación de besugos)
- ¿Es por mi?

- Si
- Me gustas mucho
.
Dejé de llorar en ese preciso instante.
- A mi también me gustas Sergio, y lo sabes-, respondí.
- Claro que lo se. Pero tengo novia, y no me gustaría hacerle daño.
- Lo entiendo, no pasa nada. Esto ha sido un momento de flaqueza, ya se me pasará- dije, intentando sonreír.


Llevé mis manos a los ojos, para seguir secando mis lágrimas, momento que aprovechó Sergio para coger mi cara entre sus manos y plantarme un beso de esos que hacen que te tiemblen las piernas.
Lo que pasó después era inevitable. Ya nadie podía pararnos. De mis labios, bajó a mi cuello, y mientras me besaba, una mano suya se metió debajo de mi camiseta y subió hasta mis pechos. Los apretaba fuerte, con ganas.

Sus manos hábiles me desabrocharon el sujetador, y seguidamente el pantalón.
Buscaron mi sexo, lo acarició suavemente, llevando sus dedos desde la vagina hasta el clítoris, siguiendo ese ritual varias veces, mientras lamia mis pezones. Yo quería desnudarle, quería comerle, quería consumir su alma en un beso húmedo.

Se bajó los pantalones, me bajó los míos. Se quitó el slip, arrastró mis bragas hasta que cayeron al suelo. Me cogió de la cintura y me puso a horcajadas sobre él. Note su polla contra mi pubis, y eso me excitó muchísimo.
Me levanté un poco, agarre su pene y lo introduje dentro de mi. Gimió de placer. Yo cerré los ojos, la metí bien profunda y me quedé parada, sintiéndole muy dentro, y rogando que ese instante no terminara nunca. Que no fuera un sueño, que estaba despierta, y que mi memoria guardara para siempre ese recuerdo.

No fue un polvo sin más. Hubo amor, complicidad, sentimientos puestos en cada caricia.

Palabras dichas entre dos personas que se quieren y que sólo se dicen en momentos de entrega. Palabras que quedan impregnadas en tus recuerdos para toda la vida.

Cabalgamos juntos, primero muy despacio, diciéndonos al oído cosas que no quiero compartir, porque fueron sólo de los dos. Después fuimos animales, parecía que fuera el último polvo de nuestras vidas.
Nunca me he sentido tan deseada por un hombre.
Nunca me han dicho cosas tan bonitas mientras hacíamos el amor.


Nunca me sentí tan triste después.


Porque él, después de aquella noche, dejó a su novia.
Si, pero no para quedarse conmigo.
Quería tomarse un tiempo de descanso, sin parejas, sin nada. Necesitaba la libertad que durante cuatro años no había tenido.

Yo le necesitaba a él.

Vino el verano, y yo me fui de vacaciones.
Nos carteamos, hablamos por teléfono. Seguía sintiendo lo mismo por mi, pero yo sabía que ya nada volvería a ser igual. Que no se iba a repetir ese momento entre cuatro paredes, en el que sólo estábamos él y yo, nuestro deseo, nuestro amor, nuestras lágrimas y nuestros silencios.

Cuándo regresé de mis vacaciones, quedamos para tomar unas cañas.
No pudimos hablar del tema ninguno de los dos, pero si mirarnos a los ojos fijamente, como tantas otras veces lo habíamos hecho.

Había algo fuerte, pero un muro de inseguridades se interponía entre nosotros.

Nuestras vidas tomaron senderos distintos.
Él sigue en mi memoria, ya lo he dicho antes.
Sueño con él, y en mis sueños siempre me está acariciando la cara y cuándo se acerca a mi boca, despierto.

Todavía, y a pesar de haber pasado diecinueve años, le quiero.



13 enero, 2010

Y.. tiende a infinito.


Y si me desangro en carne viva mientras me empalas, me dará igual.


Y si me desgarras a fuego lento mientras me nutres de tu ansiedad, no me importará.


Y si me vacías al tiempo que arrastras tu polla hacia mis lamentos, me dejará indiferente.


Y si me desposees de mí misma cuando me despedaces en mil orgasmos, será lo mismo.


Si al final me besas te perdonaré como siempre y te seguiré queriendo como nunca, mientras yo, poco a poco me voy pudriendo entre sueños imposibles.

07 enero, 2010

Rebajas



Una noche más Ana se abrió de piernas y cerró los ojos.

Como ultimamente ni siquiera habría miradas o caricias. Ya apenas recordaba la cara de los tipos con quienes subía a casa, cinco minutos después de quitarse la blusa.

Sólo olores y texturas la cubrían de una gloria efímera.

Así, mientras una lengua áspera más recorría su clítoris con fruicción y descaro, ella enterraba su cara en la almohada para no dejar ni un resquicio al pensamiento.

Al tiempo que mordiscos certeros y cargados de sensaciones semiorgásmicas la dejaban huella en su coño, ella retorcía parte de la sábana de lino entre sus manos sabiendo que era lo único que permanecería con ella cuando todo aquello acabase.

Sí, una noche más se abrió de piernas, era una oferta que ellos nunca podían resistir. Aquel coño maravilloso y gratis no era algo que un tio en su sano juicio dejaría pasar.

Así que noche tras noche, caras ajenas y manos vacías recorrían su cuerpo llenándola de nada, vaciándola de todo, acompñándola en su insomnio por unas horas.

A ellos ella les salía muy barata, sin embargo ella, mientras era penetrada otra, otra y otra vez más, no podía dejar escapar una lágrima y pensar, que a pesar de no poder evitarlo todo aquello le salía demasiado caro.

04 enero, 2010

Vergüenza


Silvia tiene veinte años, una melena castaña tan larga, que le roza la rabadilla, ojos azules, y
cuándo camina mueve las caderas de una manera especial. Ese caminar hace que todo su cuerpo vibre, que sus muslos se muevan, que su culo suba y baje de una manera imposible. Le gusta pisar fuerte.
Sabe que es hermosa y se aprovecha de ello.
No es precisamente delgada. Tiene un cuerpo macizo, con curvas, grandes pechos, piernas firmes, brazos largos que terminan en unas manos venosas y con los tendones muy marcados.
Siempre lleva manicura francesa, le produce sensación de limpieza. Y cuándo coge el pene de algún hombre, le gusta mirar el efecto que causan esas manos tan pulcras agarrando un buen nardo.

Le gusta salir todos los días de copas cuándo termina de trabajar. Sale a las seis de la tarde de una oficina que huele a rancio. Mira el reloj continuamente, deseando que llegue el momento de poder salir de la pila de facturas que tiene que contabilizar. Los ojos siempre cargados de tanto mirar la pantalla del PC.

Coge el coche, y recorre los veinte kilómetros que la separan de su casa. Abre el portal, sube corriendo las escaleras. Deja el bolso en el recibidor, las llaves en un cenicero de latón que está arañado y viejo. Va a su habitación, se desnuda, y toma una ducha rápida, con el agua muy caliente. Suele entretenerse enjabonando sus pechos. Le gusta ver como el agua cae por el canalillo, y le gusta enjabonarse y pasar luego el agua por sus pezones, que están para colgar toallas. Grandes, duros, poderosos.

Se embadurna bien de crema corporal, una con olor a vainilla, que hace que su piel sea muy suave.
Se viste para gustarse y para gustar.
Lencería negra, ropa ajustada, y cuero.

Suele ir a un pub del barrio. Uno bastante animado, y en el que una vez a la semana, suele actuar alguna banda de rock, de estas que intentan abrirse camino en el mundillo reservado para unos pocos, y que se patean todas las salas.

Silvia se sienta en una de las barras. Pide su copa, Matusalén de 15 años con cola, mientras mira al personal.
Hace unos meses estuvo flirteando con uno de los camareros, y al final acabaron en la cama follando como animales.
La historia duró unos meses, pero Silvia se cansa pronto, se aburre, y busca rápido otro hombre que satisfaga sus necesidades.
También tuvo sexo con el DJ. A este si que le sacó partido, follaron en el coche, en un baño del pub, y hasta en la calle, como perros.


Ese día había entrado a trabajar un camarero nuevo. Y allí estaba Silvia, dándole un buen repaso con la mirada. Le gustaba. No era muy alto, pero estaba fuerte.
Moreno, con el pelo muy corto, y los ojos negros, profundos, inmensos.

Él se percató de las miradas lascivas de Silvia, y estuvo receptivo. No dejaron de mirarse en toda la noche. Al día siguiente, y como era de esperar, Silvia se puso en la barra de Héctor. A los cinco minutos ya estaban charlando con fluidez, riéndose y mirándose a los ojos sin vergüenza alguna.
Héctor salía esa tarde pronto, a las ocho, y le propuso a Silvia ir a tomar
unas copas, cerca de allí.
Después del tercer pelotazo, decidieron salir de aquel antro, y dar una vuelta para tomar un poco el freso y renovar el aire enrarecido que corría por sus pulmones.

De pronto Héctor empujó a Silvia contra la pared, le agarró las manos con fuerza, y comenzó a besarla, metió su lengua en la boca de ella, quería beber su saliva, morder sus labios, comerla entera.
- Vente a mi casa-, dijo Héctor.
- Vamos rápido.

Héctor vivía de alquiler, en un piso compartido con un estudiante.
Entraron por la puerta y fueron directamente a su habitación.
Silvia comenzó a desnudarse, parecía que tuviera prisa, nunca se había sentido tan excitada.
Héctor hacía lo propio, mientras miraba con deseo cada movimiento de ella.
Cuándo los dos estuvieron desnudos, fueron a la cama.
Silvia se tumbó y Héctor se quedó frente a ella de pie.

Le abrió las piernas y comenzó a lamer sus muslos, mientras sus manos la acariciaban suavemente.
La lengua y las manos alternaban caricias y lametones por su culo. Siguieron los besos. Ella gemía de deseo. La humedad de su coño, empezaba a ser evidente. Cada vez que pasaba su lengua cerca, el eco del paraíso de Silvia inundaba suavemente sus sentidos.
Empezó a lamer estratégicamente cerca de su coño.
Cada vez más húmeda, suplicaba que se lo comiera de una vez
por todas. Pero él era un hombre paciente, esperó un poco, y de repente dio un lenguetazo milimétrico en el clítoris de Silvia.
Su cuerpo se contraía de placer. Al contacto de la lengua con su coño, las defensas de Héctor cedieron, y empezó a besarlo lentamente, saboreándolo. Estaba caliente, un volcán, y a él le encantaba sentir ese calor en su lengua.
Poco a poco fue aumentando el ritmo y la profundidad de sus besos. Silvia estaba ardiendo por fuera, pero por dentro tenía las llamas del Infierno. Los dos se consumian de placer. El miembro de Héctor estaba a punto de reventar desde hacía un buen rato, pero no podía despegarse del calor del sexo de Silvia.


Ella gemía cada vez que su clítoris era mordisqueado con experiencia por Héctor. Lentamente, se separó de ella, y dejó que su pene tomara el relevo. Acarició con él su entrepierna, presionó ligeramente contra su ano, comenzó a describir círculos con él, mientras ella notaba la presión de su polla que se frotaba cada vez más fuerte.
Héctor comenzó a jadear al notar como los jugos de Silvia resbalaban por su glande. Su cuerpo se estremecía con espasmos de placer.
Silvia le miró, y no vio un hombre. Vio una bestia, una máquina placentera.

El calor de su coño era insoportable.
Pronto, el glande de Héctor estaba bañado por su lava caliente, y tras un nuevo gemido
por parte de Silvia, tomó posesión de ella, ya no pudo esperar más.
Poco a poco fue notando su coño repleto, el roce del bello púbico en la misma puerta de su vagina. Hecho que coincidió con una presión firme en sus caderas.
La agarró sin piedad, ya no podía escapar de su sexo ni de su control.

La piel de ella era suave.
Héctor comenzó a embestir, al principio despacio... pero no pudo aguantar así mucho tiempo. El calor que envolvía su pene le hizo incrementar el ritmo. Estaban volando alto, muy alto.

Silvia con la mirada le pedía más. No hacia falta decir ni una palabra, sus ojos revelaban un deseo satisfecho y despertaban más hambre en Héctor.
¡ZAS!, cachete en el culo.
Eso hizo que Silvia exhalará otro suspiro de satisfacción. Se mordió los labios para no reventar de placer. La polla de Héctor se hinchaba cada vez más. Empezaba a notar los golpecitos de las contracciones de la pelvis de Silvia en su miembro.
Solo esos ruidos rompían el silencio.
Ella notaba dolor en las caderas, de lo fuerte que la tenia agarrada Héctor, pero no importaba. Héctor finalmente cede al deseo y su polla se contrae una vez más. Un volcán de lava que no había producido Silvia ocupaba ahora su sexo, las paredes de su pelvis reaccionaron con una violenta contracción.


Pero no gimió por última vez, ya que una mano poderosa le cruzó la cara.
No pudo reaccionar, no tuvo tiempo.
Él se subió encima de ella, apretando fuertemente las piernas contra su vientre. Siguió abofeteándola hasta que se cansó.
Cogió las llaves de la casa, que las tenia al lado, en la mesita de noche, y arañó el cuerpo y la cara de Silvia con ellas.
La insultaba, la humillaba, mientras ella con la conciencia en otra parte, no entendía nada de lo que le estaba ocurriendo.
Comenzó a masturbarse, con fuerza, como un salvaje.
Se reía, mientras la llamaba puta.
Se corrió en su cara, pero Silvia no se enteró de nada.

Cuándo Héctor terminó su interpretación de macho alfa dominante, levantó a Silvia de la cama, la obligó a vestirse, y a empujones la llevó hasta la puerta.
Silvia, amoratada, con la nariz sangrando y llena de arañazos por todo su cuerpo, bajó hasta la calle, cogió un taxi, y se fue a casa.
No volvió nunca por ese garito.
Un sentimiento de culpa se asentó en ella por mucho tiempo. Se sentía una vulgar zorra, creía que había merecido todo lo que le pasó aquella noche.

Aún hoy, se siente así.